Puede que Netflix estrene una serie al día, pero muy pocas consiguen lo que ha hecho ‘Adolescence’: convertirse en un fenómeno global con una historia pequeña, cruda y brutalmente honesta. En apenas once días, esta producción británica ha acumulado 66,3 millones de visualizaciones, superando cualquier otra miniserie en la historia de la plataforma en un periodo de dos semanas. Vamos, que ni las series de narcotraficantes ni las adaptaciones de videojuegos han podido plantarle cara.
Y lo más sorprendente es que no ha necesitado ni grandes estrellas ni tramas épicas. Dirigida por Iván López Núñez y escrita por el fallecido guionista Roberto Pérez Toledo, la serie se mete sin anestesia en lo más espinoso de la adolescencia contemporánea: salud mental, redes sociales, identidad, soledad, drogas, sexo, silencios incómodos. Todo con un enfoque directo, sin moralinas, sin edulcorantes y sin Photoshop narrativo.
El reparto está compuesto por un grupo de jóvenes intérpretes que no tienen más fama que su talento. Manel Llunell, Claudia Riera, Pol Monen y Ana Tomeno cargan con el peso de la historia y lo hacen con la naturalidad de quien ha vivido más cerca del instituto que del tráiler de una superproducción. Su trabajo ha sido clave para conectar con una audiencia que, por fin, se siente representada sin artificios.
Comparaciones no han faltado. Algunos críticos la sitúan entre ‘Skins’ y ‘Euphoria’, aunque ‘Adolescence’ apuesta por un tono más contenido, realista y emocionalmente reconocible. Es más cine indie que videoclip, más silencios que monólogos dramáticos. Y ahí está su fuerza.
Durante su semana récord (del 17 al 23 de marzo), la serie arrasó en el top global de Netflix, dejando atrás producciones como ‘The Residence’ (6,4 millones), ‘Running Point’ (3,5 millones) o el evento en vivo de lucha libre ‘Raw: 2025’. Ni siquiera el thriller político ‘Zero Day’, ya en su quinta semana, pudo mantenerse cerca.
Y, por si alguien duda de la magnitud del fenómeno, ‘Adolescence’ se convirtió en el contenido más visto de toda la plataforma a nivel mundial durante ese periodo. Lo que empezó como una pequeña serie sobre chavales británicos con problemas reales, ha terminado por convertirse en una especie de espejo generacional. Uno que incomoda, emociona y arrasa.
Este éxito arrollador abre la puerta a una nueva era de ficciones juveniles, donde la autenticidad importa más que el envoltorio. Un golpe sobre la mesa —o sobre la pantalla— que deja claro que las buenas historias no necesitan efectos, solo verdad.